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Historias de vida
Mauricio y Casimiro, dos historias y un camino a la vida en libertad
Ejemplar testimonios de dos internos que se preparan para reinsertarse en la sociedad.

Tarapaca, octubre de 2009.- Casimiro Cayo, un hombre de origen andino y Mauricio Montoya, proveniente de la ciudad, cuyas vidas no tenían –hasta hace poco- ninguna conexión; hoy no sólo comparten el mismo techo, en el penal de Pozo Almonte, donde cumplen una condena por delitos vinculados al narcotráfico; sino que también sus ansias de reintegrarse a la sociedad como hombres de bien. Y ambos participan de la Escuela Taller que financió el FOSIS, apoyando las políticas gubernamentales, de rehabilitación social.

La pasión de Casimiro Cayo Cayo, de 29 años, es la música nortina; el sonido de los instrumentos típicos de la zona y los ritmos andinos, le producen una vibración especial, que lo llenan de felicidad. Tanto es así, que, cuando fue a parar a la cárcel, hace un par de años, por ser sorprendido con drogas, no renunció a su pasión.

Hoy, a poco más de un año de cumplir su condena, es integrante del conjunto folclórico “Tinkus”, que funciona en el penal de Pozo Almonte. Tras una presentación oficial, durante la ceremonia de lanzamiento de la Escuela Taller, que el FOSIS, financia en el penal pozoalmontino, compartió su testimonio.

“Me fui por el camino fácil y me costó caro. Perdí a mi familia y hoy trato de recuperar la confianza y el respeto de mis hijos”, dice con gran sentimiento y emoción.

Su vida anterior, reconoce, era más bien desordenada. Dedicaba mucho tiempo a los amigos y a pasarla bien. La música, el fútbol, el trago… la droga. Eso terminó abruptamente en mayo del 2006, cuando fue detenido por drogas. Luego sentenciado a 5 años, pero gracias a su buen comportamiento, ya optó al beneficio de la salida dominical.

Todo se originó al perder su trabajo. “Como soy músico, toco para la fiesta de la Tirana. En el trabajo, no me dieron permiso para viajar al pueblo, pero me fui igual y falte varios días. Entonces perdí el trabajo y como me vi de manos atadas, recurrí a la venta de drogas. Fue un gran error y he reflexionado mucho al estar privado de libertad, acá, adentro".

-¿Cómo es su vida en el penal?- le preguntamos-
-Se puede decir que no es una mala vida. Acá la vida es tranquila y no hay grandes problemas en la población penal. En mi caso, me integré al Centro de Estudios y Trabajo de la cárcel, conocido como CET, donde aprendí el oficio de mueblista. Hoy gracias al FOSIS, hemos podido renovar la maquinaria, para trabajar en mejores condiciones.

Como Casimiro, unos cincuenta internos forman parte del CET, donde el FOSIS desarrolla su Escuela Taller. Los internos están separados del resto de la población penal y cuentan con ciertas regalías y comodidades, como por ejemplo, contar con un lugar más espacioso para vivir y, principalmente, acceder a una fuente laboral.

-Yo no sabía nada de trabajar la madera. Aprendí de a poco y hoy hasta puedo tornear un mueble. Por lo tanto, tengo un oficio. Estoy haciendo algo útil y cuando salga libre, podré trabajar en este oficio. Estoy contento por eso, porque pese a la situación en que me encuentro, tengo una oportunidad.

Casimiro tiene como objetivo, recuperar la confianza de sus tres hijos, porque “aprendí la lección. No se puede ir por el camino fácil, por eso estoy dispuesto a ser un ciudadano de bien.

Hombre de la ciudad

Es el típico hombre de ciudad. A Mauricio Montoya, le gusta vestir y hablar bien. De hecho, en muchas ocasiones trabajó como ejecutivo atendiendo o captando clientes. Sus habilidades comunicacionales, se evidencias, apenas se inicia este diálogo.

Prueba de ello es que fue el maestro de ceremonia en la inauguración de la Escuela Taller del FOSIS. Y cumplió su función con naturalidad y empatía.

Es iquiqueño de tomo y lomo. “Morrino”, precisa durante la conversación, aludiendo a la pertenencia al barrio “El Morro”, típico de Iquique. Por lo tanto, se crió cerca del centro, de la playa, de las tiendas, bancos, la plaza y su majestuoso reloj. “Creo que ese entorno que vi desde niño, me hizo sentir siempre, deseos de superarme y ser alguien en la vida, de hecho, fui infante de marina y he trabajado como ejecutivo muchas veces”.

Separado y enrielado en una nueva relación de pareja, empezó a sentir la presión económica, ya que debía responder a los requerimientos familiares. “Y así de pronto me vi pillado, sin trabajo… Estaba agobiado y bueno, opté equivocadamente por el camino fácil. Fui sorprendido llevando droga, pero en el control aduanero me pillaron. Era la primera vez, pero de que vale, era un ilícito igual y por eso estoy pagando ahora”.

-¿Arrepentido?
-¡Por su puesto! Como le dije, opté por el camino fácil, pero ahora lo único que quiero, es recuperar la libertad para llevar una vida como corresponde y reunirme con mi familia. En mi caso, he tenido siempre el apoyo de mi familia y eso me da más fuerzas.

En la actualidad tiene 33 años y 5 hijos que le esperan, fuera. Su comportamiento ejemplar le valió ser considerado para integrar la Escuela Taller del FOSIS y hoy, a sus habilidades innatas, suma el oficio de trabajar la madera. “Pese a estar preso, me siento bien acá. En el CET, somos todos como una gran familia y nos apoyamos. Tampoco me siento un delincuente, a pesar que cometí un ilícito, pero siento que eso está superado y que nunca más tomaré el camino fácil.

-¿Por qué estás dispuesto a hacer pública tu historia?
-Para que otros, no cometan el mismo error, porque errores como éste, se pagan caro. No fui drogadicto, pero pensé que la droga podía ser mi salvación económica y me equivoqué. Lo que quisiera, es que otros, especialmente los jóvenes, recapaciten y hagan las cosas bien. Lo que debe primar, son los valores que uno recibe en la familia.

-¿Qué representa este centro dentro del penal y la escuela taller que implementó el FOSIS?
-Es una buena herramienta para preparase para la vida en libertad. Y Créame que es posible la rehabilitación, al menos acá, porque se puede decir que el 90% o más de los internos, no están infectados. Son personas que pueden tener una nueva oportunidad.

Como estas dos historias, tantas otras se repiten en el Centro Penitenciario de Pozo Almonte, donde más del 90 por ciento de los internos, permanecen cumpliendo condena por delitos vinculados al narcotráfico.

Por: Anyelina Rojas Valdés